Page 479 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 479

aceleró de golpe.


                  —¿Qué  tal  está  Lila  hoy?  —preguntó  la  joven.  A

            Néstor le irritó que ella no le mirara a él, sino al pretor;


            y aún se irritó más consigo mismo por una reacción tan

            infantil.


                  —Está  mucho  mejor  —contestó  Escipión.  Era


            evidente que no quería ser descortés con la esposa de

            Alejandro,  pero  tenía  prisa—.  Gracias  a  las  artes  de

            vuestro médico.


                  Clea empujó la puerta, pero antes de que se cerrara


            miró a Néstor y le sonrió. Él la saludó con la barbilla.

            No, no estaba tomando un buen camino.


                  Salieron de casa de los Julios precedidos por los dos


            lictores de Escipión, que llevaban al hombro sus fasces

            con  tanto  orgullo  y  seguridad  en  sí  mismos  como  si


            aquellos manojos de ramas fueran el mortífero rayo de

            Zeus. Por si acaso, detrás de ellos y de Boeto caminaban

            ocho legionarios que, aparte de los puñales escondidos,


            blandían gruesos garrotes.


                  Tras bajar una pequeña cuesta llegaron al Foro. Era

            la  hora  que  en  Atenas  llamaban  agorás  plethuses,

            «cuando  el  mercado  está  lleno»,  y  la  enorme  plaza


            pública de Roma también estaba muy concurrida. Los

            comerciantes pregonaban sus mercancías en tenderetes


            de vivos colores instalados en la calle o en las tabernas




                                                              479
   474   475   476   477   478   479   480   481   482   483   484