Page 476 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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por  qué.  La  víspera,  mientras  examinaba  a  Lila  y  le

            cambiaba las vendas, Clea se había ofrecido a ayudarle,


            y  mientras  trabajaban  sus  manos  se  habían  rozado

            varias veces. Su piel aún guardaba la tibieza de aquel

            tacto y, si respiraba hondo, podía sentir en la nariz su


            aroma de púber en plena efervescencia. Cada vez que

            cerraba  los  ojos  volvía  a  ver  su  nuca  y  su  cuello


            desnudo,  pues  Clea  se  había  recogido  el  cabello  con

            una redecilla de oro y cobre que sembraba de chispas

            el color de fuego de su pelo.


                  No le gustaba nada el rumbo que estaban tomando


            sus pensamientos. Clea era poco más que una niña y,

            mucho peor, la esposa de Alejandro, su amigo y su rey.

            Pero Néstor no recordaba haber experimentado antes


            el extraño anhelo con el que se había despertado esa

            mañana, un deseo impaciente e infantil de volver a ver


            a Clea aunque tan sólo fuese unos segundos.


                  Pensando en ello, no recordaba si alguna vez, antes

            de Delfos, había amado o le habían amado a él. Pero


            reconocía los síntomas presentes como algo ya sufrido

            en el pasado. Eran las fases previas, los pródromos que

            avisaban de la enfermedad de Eros. Eso significaba que


            no se trataba de sentimientos desconocidos para él. Si

            los  reconocía  era  porque  debían  formar  parte  de  los

            numerosos  conocimientos  que  almacenaba  en  su


            cabeza  sin  que  supiera  cómo  ni  en  qué  momento



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