Page 482 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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andamios. Cierto, Roma estaba llena de cabras, gallinas
y cerdos, algunas zonas olían a estiércol y sus calles
más angostas transpiraban un aura vetusta que
recordaba a Atenas; pero el Foro y los templos del
Palatino que se alzaban a la derecha poseían una
grandeza más solemne que los de Babilonia y más
empaque que los de Alejandría. Aquellos santuarios se
alzaban sobre zócalos más elevados que los estilóbatos
griegos, y sólo podía accederse a ellos tras subir por
empinadas y fatigosas escalinatas: incluso los dioses
romanos miraban por encima del hombro a los dioses
de los demás.
Pese al calor del verano, había algunos hombres
ataviados con las togas blancas que al parecer eran
privilegio exclusivo de los ciudadanos romanos.
También se veía a bastantes mujeres. Las más humildes
llevaban túnicas de color crudo y atendían los puestos
o hacían las compras cargadas con cestas de esparto.
Las damas nobles vestían ropas teñidas, aunque
siempre en colores discretos, se hacían acompañar por
sirvientes que les cubrían la cabeza con parasoles y
caminaban con la serena dignidad de reinas sin corona.
La gente abrió paso a los lictores, pero sin apartarse
demasiado. Néstor se sintió observado como los
animales del zoológico de Nabucodonosor en
Babilonia.
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