Page 495 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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exagerada delgadez de Nicómaco, el plato con las
gachas sin tocar al lado de la cama, la tos, la voz ronca:
todo sugería que un cáncer se había agarrado a sus
pulmones, un mal que estaba más allá de su ciencia.
Pero al menos podía aliviarlo.
Abrió su propio arcón, que habían traído entre dos
legionarios, sacó un frasco de jugo de adormidera y se
lo dio a Nicómaco. Éste reconoció el olor y el sabor de
la bebida y sonrió con tristeza.
—Te dejaré más para que te calme ese dolor.
El viejo asintió. Su gesto lo decía todo: ahora sabía
que el médico también sabía que no tenía salvación.
Pero Néstor no creía sólo en la curación, sino también
en la dignidad de sus pacientes, y ese anciano la tenía
de sobra. Iba a ayudarle a morir mejor, no con los
pulmones encharcados en pus.
—Ahora vamos a sajarte —le dijo.
Tras aplicar vino en abundancia sobre la zona y
calentar la lanceta, Néstor la aplicó en el punto más
bajo de la hinchazón. Primero rajó la piel, pero luego
apretó hasta la membrana pleural y la abrió. El anciano
gimió débilmente, pero no se movió.
—Es mejor que no hables ya, Nicómaco —le dijo—.
Luego tendremos tiempo de conversar.
De la herida brotó un líquido entre blancuzco y
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