Page 496 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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amarillento. Olía mal, pero no era tan fétido ni espeso

            como se temía Néstor. Esperó a que dejara de salir, y


            después utilizó una vejiga para inyectarle una mezcla

            de  vino  y  aceite  en  la  herida.  El  anciano  volvió  a

            estremecerse, aferrado a las muñecas de Boeto.



                  Como solía ocurrirle a Néstor cuando operaba, el

            tiempo  voló.  Cuando  levantó  la  mirada,  la  luz  que

            entraba por las celosías era opalina. No podía ser tan


            tarde, así que el cielo debía de haberse nublado. Sacó el

            lino impregnado de aceite, vino y pus que había metido

            en la herida, e introdujo en ella un fino tubo de estaño.


            El anciano se había adormilado con la barbilla apoyada

            en el pecho, y ahora le sujetaban entre Boeto y el propio

            Escipión.  El  pretor  no  había  salido  del  cubículo  en


            ningún momento.


                  —Hay  que  acostarlo  sobre  el  lado  derecho  e

            inmovilizarlo  para  que  no  se  clave  el  tubo  en  el


            pulmón.  Mañana  volveré  a  verlo.  Si  se  me  permite,

            claro  —dijo  Néstor.  Las  rodillas  le  sonaron  con  un


            chasquido  de  madera  astillada  al  incorporarse.  Un

            esclavo de la casa le tendió una copa de vino aguado y

            dio un largo trago.


                  Cuando  acostaron  al  anciano  en  la  cama  su


            respiración ya no sonaba tan entrecortada. Néstor se

            acercó a los anaqueles e inspeccionó las etiquetas de los

            libros.  Allí  había  tratados  de  todo  lo  divino  y  lo



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