Page 494 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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debía sentirse muy solo en aquella ciudad extraña y, a

            su manera, bárbara. Siendo pretor, seguro que Escipión


            no tenía demasiado tiempo para atender a su maestro

            de retórica.


                  —No  va  a  ser  necesario.  La  hinchazón  salta  a  la


            vista. Ahora vamos a moverte un poco.


                  Boeto sacudió al anciano por los hombros.


                  —Más suave, esclavo. No soy un saco de alfalfa.


                  —Y yo no soy un esclavo —refunfuñó el focio.


                  —Déjalo ya, Boeto —dijo Néstor.


                  Aplicó el oído a la espalda de Nicómaco. En el lado


            izquierdo se oía el jadeo asmático del viejo, pero en el

            derecho  estaba  tan  amortiguado  que  apenas  se

            distinguía.  Néstor  pensó  que  debía  tratarse  de  un


            empiema, una bolsa de pus entre la piel y el pulmón.

            Debía llevar ya mucho tiempo así; por eso el pus era

            tan espeso que ni siquiera chapoteaba. En pocos días


            reventaría la piel y empezaría a supurar, no sin antes

            provocar un gran sufrimiento al anciano.


                  —¿Te duele? —preguntó, apretando el bulto con los


            nudillos.


                  —¡Sí! Pero tengo otro dolor más adentro, como si un

            garfio me desgarrara la carne sobre los huesos.


                  Muy  mal  síntoma,  pensó  Néstor.  Ese  dolor,  la





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