Page 493 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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de la espalda se veía un bulto.
—No sabría decirlo —reconoció Néstor mientras
palpaba el bulto, blando como una pera podrida—.
Aprendí esa técnica en la India cuando acompañé a
Alejandro para su boda con la hermana del rey
Chandragupta. Hasta ahora sólo la he utilizado con
tres pacientes. Uno se quedó ciego y el otro apenas
recobró algo de visión. Pero el tercero me dijo que veía
mucho mejor, aunque como era analfabeto no sé si
habría podido distinguir las letras o no.
—Si no supiera que me estoy muriendo, te diría que
probaras a taladrarme los ojos con tal de volver a leer.
—No sólo de libros vive el hombre —intervino
Escipión. Estaba de pie junto a la puerta cruzado de
brazos, con cierto incomodo. Para el cuarto hombre de
Roma debía ser embarazoso no saber qué hacer
mientras otros actuaban.
Néstor apretó el bulto y Nicómaco gruñó entre
dientes.
—Mi padre extendía arcilla de alfarero sobre el
cuerpo de sus pacientes —dijo—. Allí donde se secaba
primero era el punto más caliente, en el que se
concentraban los humores pútridos.
Aunque le costaba hablar, era evidente que le
gustaba comunicarse. Néstor pensó que el anciano
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