Page 501 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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hacerse entender. Cruzaron el patio casi de puntillas.
Había varios soldados dormidos en el suelo, tapados
con sus mantas o al descubierto, y aparte de sus
ronquidos el silencio reinaba en la casa. En la puerta de
Clea montaba guardia otro hombre. Ahogando un
bostezo, llamó un par de veces con los nudillos sin
apenas hacer ruido y la puerta se abrió. Ada miró a
Néstor con su habitual cara de vinagre y le dijo que
pasara.
La alcoba era mejor que la suya, como ya se
esperaba. Según había oído comentar a Gayo Julio con
la servidumbre, aquéllos eran los aposentos que él
mismo utilizaba cuando no compartía el lecho con su
esposa, lo cual equivalía a decir casi siempre. Ahora se
había mudado al tablino para dejarles sitio a Clea y a
Ada, mientras que a las demás mujeres las había
alojado al fondo de la casa, en los cubículos de los
esclavos que daban al tercer patio.
La habitación se hallaba en penumbra, alumbrada
tan sólo por las llamas ambarinas de una de las
lámparas de bronce que colgaban del techo. Clea estaba
tumbada en la cama, encogida sobre sus rodillas y
apretándose el pecho. No gritaba, pero su respiración
era jadeante y de vez en cuando exhalaba un suave
gemido. Néstor se sentó al lado de la cama.
—¿Qué te pasa ahora? —dijo.
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