Page 505 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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cubículo.


                  —Pues  a  mí  me  sigue  doliendo  aquí  —dijo  ella,

            soltándose los prendedores. La túnica de seda resbaló


            hasta su cintura. Clea tenía los senos pequeños, como

            sospechaba  Néstor,  pero  puntiagudos.  Le  tomó  la


            mano y la apoyó sobre el izquierdo. Néstor sintió los

            rápidos  latidos  del  corazón  de  la  joven.  ¿O  era  el

            suyo?—. Necesito que me calmes —añadió, en un tono


            gutural que intentaba ser seductor. Tan joven como era,

            había en ella una mezcla de ingenuidad y descaro de

            cortesana que resultaba conmovedora.


                  Vete, se dijo por última vez Néstor.



                  Hicieron  el  amor  entre  jadeos  contenidos,  con

            movimientos  profundos  y  acompasados  para  evitar

            que el lecho rechinara, y Néstor descubrió que ese coito


            disimulado era la experiencia más excitante que había

            disfrutado desde que tenía recuerdos. Clea se aferró a


            sus hombros y se anudó a sus piernas, y le dijo al oído

            cosas  que  Néstor  pensó  que  era  mejor  no  recordar

            después.  Por  fin,  la  muchacha  arqueó  las  caderas,  le


            arañó la espalda y le enterró la cara en el cuello para no

            gritar.  Néstor  no  pudo  resistir  más,  y  en  el  mismo

            instante  en  que  se  vaciaba  le  volvió  la  lucidez  y


            comprendió que acababa de cometer el mayor error de

            su vida y que ya no tenía remedio.


                  Tumbada  boca  arriba,  Clea  no  albergaba  ningún


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