Page 502 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Ella se volvió un poco y trató de hablar, pero la voz
se le quebró. Néstor tomó una jarra de agua de una
mesilla y llenó un vaso. Después le tocó el hombro a
Clea y le dijo que se incorporara. Mientras ella bebía
con sorbitos cortos, Néstor, sin querer, dilató las aletas
de la nariz para ventear su perfume. Su fino olfato le
dijo que la joven se había bañado y se había ungido con
aceite de nardo. Del primer lujo se podía disponer en
casa de los Julios, pues había un baño con dos amplias
tinas de terracota; el segundo, mucho más caro, debía
de haberlo traído ella en su equipaje.
Por fin, Clea consiguió hablar con un hilo de voz.
—Casi no puedo respirar. Me duele mucho aquí —
dijo, tocándose sobre las costillas. Sus pechos subían y
bajaban al compás de sus entrecortados jadeos; el
efecto que provocaba eso en la fina túnica azafrán era
perturbador.
Vete ahora mismo, se dijo Néstor, pero en vez de
moverse cogió la mano de la joven.
—Toma aire más despacio. Vamos.
Siguiendo el ritmo de respiración que le marcó
Néstor, Clea se fue calmando poco a poco.
—Menos mal —musitó—. Creía que me iba a morir.
Néstor sonrió de medio lado. Sería un milagro que
una chica de la edad de Clea cayera fulminada por una
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