Page 506 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 506

remordimiento. Ahora comprendía qué era lo que le

            había  faltado  cuando  se  acostó  con  Alejandro.  La


            cuerda del arco había llegado a estar aún más tirante,

            mucho  más,  con  una  tensión  que  llegaba  a  ser  casi

            dolorosa, como si algo en su interior fuera a romperse.


            Pero  de  pronto,  sin  saber  cómo,  la  cuerda  se  había

            soltado,  y  ella  había  sentido  cómo  el  interior  de  su


            cuerpo  se  disolvía  en  agua  tibia  y  sus  miembros  se

            esparcían  por  la  cama  como  cera  derretida,  y  había

            mordido el hombro de Néstor para no gritar. Ahora,


            aunque el corazón le palpitaba como un tambor y tenía

            que hacer esfuerzos para acallar sus propios jadeos, la

            angustia  que  llevaba  días  cerrando  su  garganta  y  su


            estómago había desaparecido.


                  Una vocecilla le dijo que no estaba bien lo que había

            hecho, que aquella indecencia le podía costar muy cara.


            Vio a su padre, colorado de ira y señalándola con el

            dedo. «¿Qué has hecho, insensata? ¡Toda mi carrera por

            los  suelos!  ¡Me  has  humillado!»  Y  a  Alejandro


            mirándola con una tristeza infinita. «No quería hacerte

            daño, Agatoclea. Tú me has obligado...»


                  Pero entonces abrió los párpados y vio los ojos de


            Néstor sobre los suyos. Si los de Alejandro eran como

            un pozo sin fondo que absorbía toda la luz y en los que

            tenía miedo de perder su alma, los de Néstor eran como


            un espejo de agua en el que podía descubrir quién era



                                                              506
   501   502   503   504   505   506   507   508   509   510   511