Page 510 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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La puerta de la estancia se abrió rechinando. Néstor
entrecerró los ojos y se encogió en el suelo para tapar
su desnudez. Contra la luz blanca se recortaban las
siluetas de dos hombres, y entre ellos una mujer que
llevaba la cabeza cubierta con un tocado. Néstor,
deslumbrado, no podía distinguir sus caras.
—¡Es él! ¡Es él! —gritó la mujer, señalándole con el
dedo.
Un segundo después se tiró al suelo y empezó a
revolcarse entre gritos y convulsiones. Néstor pensó
que podía ayudarla, aunque no sabía por qué, y trató
de incorporarse. Pero los dos hombres le agarraron por
los brazos y tiraron de él para sacarlo de allí, mientras
avisaban a voces para que acudieran los guardianes.
Le hicieron subir a trompicones los seis peldaños
que subían del áditon, y se encontró en la nave central
del templo de Apolo, rodeado por altas columnas de
mármol y pebeteros humeantes. La luz provenía de las
grandes puertas, abiertas de par en par. Los sacerdotes
le dejaron en manos de dos soldados que siguieron
tirando de él. Fue entonces cuando se le ocurrió aquel
pensamiento y empezó a gritar:
—¡Van a envenenar a Alejandro! ¡Sé cómo curarlo!
¡Van a envenenar a Alejandro! ¡Sé cómo curarlo!
No sabía por qué pronunciaba aquellas palabras.
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