Page 509 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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hallaba  en  un  lugar  extraño,  pero  no  inesperado.  Al

            mirar a su alrededor supo que nunca había estado allí,


            pero que todo se encontraba donde debía estar.


                  Estaba tumbado en el suelo, desnudo sobre tierra

            fresca y húmeda. Se encogió sobre sí mismo y se abrazó


            las rodillas tiritando. Tenía un frío innatural, más del

            que se podía sentir en aquel lugar. En el aire flotaba un

            vapor  azulado  que  iluminaba  la  estancia  con  su


            fosforescencia  espectral  y  olla  a  tormenta  de  verano.

            Poco a poco se fue apagando, como los rescoldos de

            una hoguera, pero a su tenue luz Néstor vislumbró una


            silueta  humana.  Por  un  instante  se  asustó,  pero  al

            mirarla bien comprendió que era la estatua dorada del

            dios  Apolo.  En  la  sala,  poco  más  grande  que  una


            alcoba, había más objetos. Un trípode de bronce, del

            que parecía brotar el vapor. No se ve ninguna grieta en


            el suelo, se dijo Néstor sin saber a qué obedecía aquel

            pensamiento. Ramas de laurel que colgaban del techo.

            Una  lira  de  siete  cuerdas  con  marco  de  concha  de


            tortuga, y una piedra tallada de dos palmos de altura

            que  parecía  un  huevo  partido  en  dos.  Es  el  ónfalo,


            pensó, y de nuevo no supo el motivo.


                  Néstor no dejaba de tiritar. En su interior se repetía

            una  cantinela.  Observa,  observa  bien.  Eres  Néstor.

            Observa,  obsérvalo  todo.  Eres  Néstor.  Los  vapores


            terminaron de disiparse y todo quedó a oscuras.



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