Page 55 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—¿Por qué, ogathé Pérdicas? Estamos entre amigos
—contestó Alejandro, tratando de abarcarlos a todos
con un gesto de la barbilla, ya que tenía las manos
ocupadas con las dos asas del cántaro.
—Un rey nunca se debe confiar.
Alejandro sonrío con amargura.
—Gracias por recordármelo. Toma —dijo
arrimándole la copa sin soltar las asas.
Pérdicas se sentía más canalla a cada momento, y
sin embargo encontraba una tenebrosa delectación en
ello. Se deslizó hasta el borde del diván y acercó la
nariz al cántaro. Alejandro lo volteó un poco. Cuando
el vino empapó sus labios, Pérdicas notó una punzada
en el vientre y los testículos se le encogieron. ¿Y si
Roxana le había engañado y un sorbo bastaba para
envenenarlo?
Los demás ya estaban bastante bebidos, y algunos,
como Leónato o Meleagro, ya habían llegado borrachos
antes de empezar el banquete. Pero Pérdicas apenas
había probado el vino ni los platos aderezados con las
especias picantes de la India, así que no tenía el paladar
tan estragado como los otros. El vino puro le dejó un
ligero regusto a bellota amarga. Pérdicas levantó la
mirada hacia los ojos de Alejandro. Las pupilas le
brillaban acuosas y las venillas de la esclerótica se le
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