Page 54 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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curvas con un campanilleo casi acuático. Los ojos de

            todos se iban a sus pechos y sus nalgas, pero los de


            Pérdicas  se  clavaron  en  el  cántaro  que  traía  en  las

            manos y que representaba a Heracles bajando al Hades

            con  Baco,  saltando  entre  las  piedras  para  cruzar  las


            aguas infernales. La copa de Heracles que Alejandro

            vaciaba de un trago cada vez que ofrecía una libación


            por Hefestión.


                  Alejandro tomó el cántaro de manos de Nina, y ella

            se apartó sin dejar de cimbrearse. Al salir del círculo de

            los divanes pasó junto a Pérdicas, que captó en el olor


            de su transpiración algo extraño que casi le excitó. Era

            el aroma del miedo.


                  Era normal que estuviera asustada, pensó. Acababa


            de traer el veneno que mataría al rey del mundo.


                  —Alejandro —susurró Nearco—. No es necesario.

            Ya  has  hecho  más  que  suficiente  por  Hefestión.  Si


            sigues así vas a arruinar tu salud.


                  Alejandro  se  quedó  mirando  al  navarca  y  por  un

            instante pareció dudar. No, ahora no, pensó Pérdicas,

            y trató de hacerle pensar en otra cosa.


                  —Deja que lo pruebe yo antes —dijo como si se le


            hubiera  ocurrido  de  repente.  Nearco  le  dirigió  una

            mirada  indescifrable.  No,  es  tu  mala  conciencia.  Ni


            Nearco ni nadie puede sospechar nada.




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