Page 53 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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al menos algo de sensatez y había permitido bajar a las
plañideras), el calor fue tan intenso que varias
palmeras de la plaza ardieron y los azulejos de los
edificios colindantes se resquebrajaron y saltaron de las
paredes.
Ese era Alejandro. Parecía mentira que hubiese sido
alguna vez discípulo de Aristóteles, quien sostenía que
en la moderación estaba la virtud. Para que el recuerdo
de Hefestión no se extinguiera nunca, le había puesto
su nombre al escuadrón de Compañeros y lo había
hecho bordar en su estandarte. Por supuesto, en cuanto
Alejandro desapareciera, lo primero que haría Pérdicas
sería quemar esa bandera y cambiar el nombre del
escuadrón. En vida Hefestión había llegado a
estragarlos a todos, pero era aún peor tras su muerte.
—Hefestión... —repitió el rey ahora, y escondió los
ojos en la mano derecha, sin soltar la copa de la
izquierda. Después levantó la mirada y chasqueó los
dedos.
Pérdicas estuvo a punto de hacerle una señal a
Nina, pero se acordó a tiempo de que ella no le conocía
a él, sino a Epiboas. Al difunto Epiboas, se corrigió,
pues el oficial ya era pasto de los peces del Éufrates.
Nina, bien aleccionada, se adelantó a las demás
muchachas y se acercó contoneándose sobre los
coturnos, de modo que la red de plata se pegaba a sus
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