Page 56 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 56
veían enrojecidas. Seguro que no notaría nada.
—Un buen vino —sentenció Pérdicas.
Alejandro levantó el cántaro y miró a las alturas,
como si aquella libación fuese en honor de un dios
olímpico y no de un humano encerrado en el Hades.
—¡Por Hefestión, hijo de Amíntor, el más valioso y
noble de los macedonios!
Los demás macedonios a los que acababa de
declarar inferiores al difunto cruzaron miradas de
rencor. Alejandro, sin percatarse, vertió unas gotas de
vino sobre un pebetero que ardía en el centro de la sala.
Después aferró con ambas manos las asas y bebió.
Mientras la nuez de Alejandro subía y bajaba y la
copa se volcaba más y más, Pérdicas se le quedó
mirando incapaz de respirar, como si él mismo
estuviera compartiendo la copa de Heracles. Los
demás comensales le animaron con gritos de Ió, ió, ió,
ió como cómitres exhortando a los remeros a bogar con
más brío.
Por fin Alejandro apartó la copa. Tenía el rostro
colorado, le goteaba líquido oscuro por las comisuras
de los labios y sus ojos estaban aún más vidriosos que
antes. No era raro, pues había dado cuenta de más de
seis cotilas de vino puro sin respirar. Se tambaleó un
poco y le entregó el cántaro a Nina. Durante un instante
56

