Page 511 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Era  como  si  alguien  o  algo  le  metiera  el  aire  en  los

            pulmones, le apretara el abdomen para sacarlo y hasta


            le moviera las mandíbulas y la lengua para articular las

            palabras  en una  voz  aguda  y  metálica  que  no  era  la

            suya.



                  —Seguro  que  te  estaba  inspirando  el  dios  —dijo

            Clea, que le miraba absorta.


                  Néstor asintió y continuó con su relato. Los ecos de

            su voz entre las paredes de piedra le seguían sonando


            ajenos. Entonces le sacaron al exterior y la luz blanca

            que le había deslumbrado se convirtió en un paisaje

            abierto que le hizo estremecerse de miedo y a la vez de


            emoción. A su derecha se alzaba una montaña, y a su

            izquierda la ladera caía sembrada de copas de pinos y


            tejados rojos. A lo lejos se veía el mar, pero apenas lo

            vislumbró un instante, pues la sensación de miles de

            ojos clavados en él le hizo volver la vista al frente.



                  Era  día  de  consulta  en  el  oráculo  de  Delfos.  Los

            peregrinos  formaban  una  larga  cola  serpenteante,

            separados por cordones amarillos y por soldados de la


            Anfictionía que imponían el orden golpeando con el

            palo de la lanza a los que se intentaban colar. Pero toda

            esa gente se quedó en silencio, sobrecogida al ver que


            sacaban  del  templo  a  aquel  hombre  desnudo  y  con

            aspecto de ser un bárbaro del norte que no dejaba de

            gritar:



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