Page 512 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—¡Van a envenenar a Alejandro! ¡Sé cómo curarlo!
Los soldados le hicieron bajar los escalones. La
multitud le abrió un pasillo, como si temieran
contaminarse con su tacto. Néstor no conocía a nadie,
todo era extraño y a la vez familiar para él, y recordaba
haber sentido un pavor extremo y al mismo tiempo una
inefable alegría. Pero mientras tanto seguía repitiendo
que iban a envenenar a Alejandro, aunque su voz había
dejado de sonar como el metal y ahora sabía que era la
suya, aunque no recordaba haberla oído nunca.
—¡Él ha venido! ¡Él ha venido!
Néstor se volvió hacia el templo. Allí, en la puerta,
estaba la Pitia, apoyada en el brazo de un sacerdote y
señalándole con el dedo mientras repetía entre
violentos temblores:
—¡Él ha venido! ¡Él ha venido!
—Era obvio que había venido. Pero no sabía de
dónde.
Néstor hizo una pausa, se sentó en el suelo y se
abrazó las rodillas.
—¿Qué pasó luego? —preguntó Clea.
—La Pitia se desplomó, cayó de bruces por los
escalones del estilóbato y murió en el acto.
Néstor había pensado que podía ayudarla, y en ese
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