Page 517 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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MAGIAS DE ORIENTE


                  Pérdicas abrió los ojos. Había bebido más vino de lo

            que tenía por costumbre; aún le quedaba en la boca un


            resabio  agrio  y  pastoso.  Palpó  con  la  mano  la  parte

            izquierda de la cama y el cuerpo desnudo y tibio que


            tenía al lado se removió en sueños.


                  —Cleopatra —susurró Pérdicas.


                  La  mujer  se  dio  la  vuelta,  se  desperezó  como  un

            gato  egipcio  y  se  incorporó.  Al  hacerlo,  la  sábana  le

            resbaló  hasta  la  cintura  y  descubrió  sus  pechos.


            Pérdicas se quedó estupefacto durante unos segundos,

            los ojos clavados en aquellos senos en forma de cúpula

            y en los pezones desafiantes como sarisas. Por Cipris,


            pensó, el embarazo ha hecho que le crezcan las tetas de

            una diosa. Entonces levantó la mirada y vio que quien


            le miraba sonriente no era su esposa, sino Roxana.


                  —¿Has dormido bien, Pérdicas?


                  El general pensó que debía salir corriendo de aquel

            lecho en el que no recordaba haber entrado, pero sus


            ojos se habían quedado pegados al cuerpo de la bactria.

            Durante los últimos seis años había llegado a temerla y

            aborrecerla  tanto  que  su  memoria  la  había  afeado  y


            cubierto  sus  formas  con  mil  velos.  Ahora  volvía  a

            contemplar  su  gloriosa  desnudez,  y  no  encinta  de

            cuatro meses como la última vez que compartieran el





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