Page 518 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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lecho en Babilonia, sino en toda la perfección de una

            mujer que había alcanzado la plenitud.


                  Roxana terminó de destaparse, se volvió hacia él y


            le puso la mano entre los muslos. Al contacto de sus

            dedos largos y cálidos Pérdicas tuvo una erección, y se


            le  escapó  un  gruñido  de  dolor.  Su  cuerpo  no  estaba

            para  muchos  trotes;  entre  los  pocos  recuerdos  que

            guardaba de la fiesta, el más reciente era el de haber


            fornicado con tres de las cortesanas. Pero ninguna de

            esas  hetairas,  por  hermosa  que  fuese,  podía

            compararse  con  la  luz  cegadora  de  Roshanak,  «la


            pequeña estrella» de Bactria.


                  —¿Una  noche  agitada,  Pérdicas?  —preguntó  ella

            con  una  sonrisa  burlona,  y  sus  dientes  blancos


            destellaron  en  la  penumbra  de  la  alcoba  como  las

            Pléyades en el firmamento invernal.


                  ¿De qué manera había terminado la fiesta para que


            él fuese a parar de nuevo al lecho de la esposa del rey?

            ¿Acaso no había otra mujer en el mundo?


                  —No tan deseable como yo —contestó Roxana, y

            Pérdicas se dio cuenta de que había expresado en voz


            alta sus pensamientos—. Has sido travieso, Pérdicas.

            ¿Por qué buscas el placer en otras mujeres teniéndome

            a mí aquí?



                  —Porque eres la esposa del rey.




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