Page 519 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Pérdicas sabía que tenía que levantarse del lecho y
salir corriendo de allí, aunque fuese por una ventana o
saltando un seto de espinos. Pero, bien por el cansancio
de la orgía, por el vino o porque su cuerpo se negaba a
apartarse de la tibieza embriagadora de Roxana, estaba
clavado en el lecho, hundido en el colchón con los
miembros convertidos en plomo fundido.
—Mi cuerpo te ha echado de menos seis largos años
—le dijo Roxana, apretándose contra él. Pérdicas notó
a la vez la suave opulencia de sus pechos y el pinchazo
de sus pezones, duros como cuentas de cristal. Ella
buscó su boca, le mordisqueó en los labios para
obligarle a separarlos y le besó. Su lengua jugaba como
un pequeño diablillo mientras sus manos le recorrían
el pecho y el vientre. Pérdicas volvió a gemir de dolor
y supo que no podía resistirse a ella. Decidido a
poseerla sin más dilación, la agarró por los hombros
para tumbarla boca arriba. Pero Roxana se resistió, y
fue ella quien lo aplastó contra los almohadones.
—Aún no, Pérdicas. Mi cuerpo arde de deseo por el
tuyo, pero antes debes terminar lo que empezaste.
—¿Qué quieres decir?
Roxana se acomodó en cuclillas sobre él. La erección
de Pérdicas ahora presionaba contra el cuerpo de la
bactria, y el dolor era doble.
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