Page 522 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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mandes tú solo al pueblo macedonio en armas,
Pérdicas. Tienes nombre de reyes.
Tienes nombre de reyes. Pérdicas se despertó con el
corazón latiendo como un timbal. Durante unos
segundos no supo dónde estaba, si en su casa, en el
lecho de Roxana o en cualquier otro lugar. Miró a su
alrededor. Aún quedaban un par de pebeteros
encendidos. Al resplandor de sus rescoldos y al de la
luz grisácea que entraba por las rejillas de tela,
comprobó que aún seguía en la tienda donde habían
celebrado la fiesta. Se incorporó apartando un par de
almohadones y respiró hondo para tranquilizar el
ritmo de sus latidos.
A su izquierda había una joven rubia durmiendo
boca abajo; al tirar de la sábana de lino, Pérdicas vio sus
nalgas desnudas. Las tocó; estaban frías y pegajosas de
vino. A su derecha encontró a otra chica, vuelta de
espaldas a él y abrazada a Gavanes. Había más cuerpos
desperdigados por el suelo, entre sábanas arrugadas,
cojines aplastados y tapices sucios de vino: hombres y
mujeres en diversos grados de desnudez, con brazos y
piernas entrelazados, tendidos allí donde el sueño o la
fatiga los habían vencido. Olía a vino, a sudor, a aceites
perfumados y a sexo rancio, y se oía un discordante
coro de ronquidos, no sólo de hombres: una de las
cortesanas estaba tumbada boca arriba, con la cabeza
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