Page 523 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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sobre la tripa de un macedonio, y aunque su cuerpo era
menudo y delgado roncaba con el poderío de un
guerrero veterano.
Condenada Roxana. ¿Qué maligno conjuro había
invocado esa bruja para entrar así en sus sueños?
Pérdicas se miró entre las piernas y comprobó que su
erección aún tardaba en bajar. Pensó entonces que lo
que le había impulsado a improvisar aquel banquete
que había degenerado en orgía no había sido tanto la
rabia por las burlas de los demás generales como la
desazón que le causaba la cercanía de Roxana. Desde
que la maldita bactria había aparecido en Posidonia,
Pérdicas le había hecho el amor a Cleopatra todas las
noches. Ella se mostraba encantada de que su esposo
siguiera deseándola con tanta pasión, pero era evidente
que estaba agotada y no podía resistir aquel ritmo.
Sí, se repitió Pérdicas. Ésa debía ser la razón por la
que había decidido refocilarse con otras mujeres. La
culpa era de la bactria. Pero el desfogue no había
servido de nada, pues Roxana había invadido sus
sueños como un súcubo.
Debes terminar lo que empezaste. Las palabras de
Roxana eran crueles, como siempre, pero tenían su
sentido. ¿Y qué había querido decir con lo de Crátero?
Crátero no estaba en Posidonia, ni Alejandro había
dejado caer indicio alguno de que esperase su llegada.
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