Page 524 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Pérdicas encontró su túnica arrugada entre una pila
de almohadones y la pared de lona de la tienda. La
recogió, junto con el ceñidor, y se agachó sobre su
sobrino.
—Despierta, Gavanes —susurró, apretándole el
hombro.
El joven le miró con los ojos desenfocados. Después,
cuando le reconoció, apartó con suavidad los brazos de
la hetaira y se incorporó.
—Mi cabeza... —gimió.
No era de extrañar, pensó Pérdicas. Entre las
últimas imágenes que recordaba estaba la de su
sobrino, borracho como Sileno y tumbado bajo esa
misma joven que le abrazaba mientras ella le volcaba
una jarra entera de vino en la boca.
Ambos salieron a la puerta de la tienda y se
vistieron bajo el toldo. El cielo empezaba a clarear al
este, mientras a poniente la luna, que aún no había
llegado a cuarto menguante, se dejaba caer hacia el
mar. Pérdicas respiró hondo. Al no haber salido el sol,
la brisa todavía soplaba de la playa y traía un aire
fresco y mucho más puro que la atmósfera viciada del
interior de la tienda, e incluso limpiaba el hedor del
campamento, que de día olía como un inmenso establo
por culpa de los miles de caballos y mulas del ejército
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