Page 57 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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la mirada de la joven se cruzó con la de Pérdicas, pero

            éste no observó la menor señal de reconocimiento.


                  Ya está hecho.



                  Alejandro  se  reclinó  en  el  diván,  y  el  simposio

            continuo. Pérdicas notaba en los oídos un zumbido tan

            fuerte  que  no  distinguía  las  conversaciones,  como  si


            alguien le hubiera dado a él un veneno que embotara

            los sentidos. Los címbalos, las flautas dobles, el tañido

            del bárbiton le sonaban tan lejanos como un viento que


            soplara en las montañas de Macedonia. Una racha de

            aire  entró  por  el  mirador;  las  luces  de  las  velas

            temblaron, dos o tres de ellas se apagaron y a Ptolomeo


            se le voló la corona de pámpanos.


                  —Parece  que  va  a  ocurrir  algo  —susurró  en  tono

            lúgubre  Peucestas,  que  estaba  a  la  izquierda  de


            Pérdicas.  Aquel  hombre,  el  mismo  héroe  que  había

            saltado de la muralla de la ciudad de los malios para


            proteger a Alejandro cuando una flecha le atravesó el

            pulmón izquierdo, era tan supersticioso que si veía a

            un gato negro por la calle se quedaba quieto hasta que


            otra persona se cruzara con él.


                  Mientras  las  camareras  cerraban  las  celosías  que

            daban al jardín, se oyó un gran estrépito fuera de las

            puertas de la sala. Ptolomeo saltó del diván y acudió en


            cuatro  zancadas.  ¿Qué  demonios  pasa  ahora?,  se

            preguntó  Pérdicas  con  un  nudo  en  la  garganta,  y  se


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