Page 564 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—Todas  esas  ciudades  que  he  mencionado  y

            muchas  más  han  llamado  a  Alejandro  porque  se


            sienten  amenazadas  por  los  pueblos  bárbaros  de  las

            montañas. Y Alejandro, cumpliendo con su deber, ha

            acudido a ayudarlas.



                  Pérdicas  seguía  en  silencio.  Pese  a  que  lo

            disimulaba, le había impresionado la entrada a aquel

            templo  pequeño  y  oscuro.  Entre  los  romanos  que


            estaban de pie junto a las columnas se veían hombres

            jóvenes y de mejillas afeitadas, pero en los bancos de la

            primera  fila  eran  mayoría  los  senadores  de  luengas


            barbas, y muchos de ellos debían haber cumplido ya

            los sesenta e incluso los setenta años. Al pasar junto a

            ellos, el fino olfato de Pérdicas había arrugado la nariz


            al  percibir  el  olor  a  mantos  de  lana  sudados.  Pero

            también  había  captado  otra  cosa.  Había  allí  una


            voluntad de hierro que no era la de un solo rey, como

            Darío, sino la de muchas mentes unidas contra ellos

            con  implacable  y  fiera  determinación.  Los  ojos  de


            aquellos viejos terribles no los miraban con temor, por

            más que fueran los enviados del gran Alejandro, sino


            con hostilidad.


                  Ahora,  al  escuchar  la  traducción  de  la  palabra

            bárbaros, que en latín sonaba casi igual que en griego,

            Pérdicas observó cómo los senadores rebullían en sus


            asientos. El dictador, un toro de rostro sanguíneo que



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