Page 565 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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apenas cabía en su sitial, se levantó, bajó del estrado y

            se  acercó  hacia  ellos  arremangándose  los  bajos  del


            manto en un gesto muy poco majestuoso. Su enorme

            dedazo apuntó hacia el pecho de Crátero. Pérdicas se

            apartó un paso, incómodo por la cercanía de aquel tipo


            tan  grande;  pero  Crátero  no  se  inmutó,  ni  siquiera

            cuando el dictador le salpicó de saliva al gritar.


                  —Traduce  —le  ordenó  Crátero  al  intérprete,  sin


            apartar la mirada de Papirio.


                  —Señor,  el  dictador  ha  dicho  que  no  deberías

            utilizar...


                  —Sé literal.


                  —Ha  dicho:  «¿Tú  nos  estás  llamando  bárbaros  a


            nosotros?  ¿A  los  romanos?  ¿Un  macedonio  que  por

            mucho que se lave aún huele a queso de oveja?».


                  Crátero sonrió, divertido. A Pérdicas, a su pesar, le


            sorprendió cómo se controlaba y ni tan siquiera hacía

            ademán de limpiarse el salivazo de la cara.


                  —Dile al dictador que me ha entendido mal —dijo

            Crátero, dirigiéndose al intérprete—. Me refiero a los


            brutios, lucanos y samnitas contra los que vino a luchar

            Alejandro  de  Epiro  hace  años.  Nadie  se  atrevería  a


            llamar  bárbaros  a  un  pueblo  tan  refinado  y  a  la  vez

            experto en las artes de la guerra como el romano, por

            el  que  mi  señor  Alejandro  no  siente  más  que




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