Page 573 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Gayo Julio debió oír el comentario, pues se volvió

            hacia ellos. Su mirada se cruzó con la de Pérdicas un


            instante. Tenía los ojos oscuros, pero brillaban con una

            intensidad acerada que le recordó a los de Alejandro,

            como si en sus pupilas se escondiera la punta de una


            espada. Por alguna extraña razón, Pérdicas sintió que

            aquellos ojos le habían calado hasta el fondo, y cuando


            el tribuno apartó la vista de él creyó notar cierto desdén

            en la forma en que enarcaba las cejas.


                  Ya me las veré contigo en el campo de batalla, se

            prometió.


                  —¿Qué más están diciendo? —preguntó Crátero al


            intérprete.


                  —Ese hombre de ahí, el pretor, dice que es cierto,

            que los prisioneros le pertenecen a Gayo Julio, así que


            es legítimo que tome la palabra.


                  El joven patricio se volvió hacia ellos e hizo un gesto

            teatral  para  acomodarse  el  manto  sobre  el  brazo


            izquierdo.  En  el  Senado  se  había  hecho  el  silencio.

            Pérdicas  comprendió  que  Gayo  Julio  se  había

            adueñado del escenario.


                  —¿Qué ofrece Alejandro por el rescate de la noble


            Agatoclea  y  el  médico  Néstor?  —les  preguntó  el

            tribuno  en  un  griego  impecable.  Pérdicas  titubeó.


            Crátero se acercó a él y le susurró al oído:




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