Page 575 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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del templo de Saturno para contribuir al esfuerzo de la
guerra contra Alejandro. «Que vamos a ganar», ha
añadido.
Pérdicas asintió con la barbilla. Se había
equivocado. El brillo que había vislumbrado en los ojos
de Gayo Julio no era codicia, sino ambición. Algo
infinitamente más peligroso.
Los embajadores se retiraron tras concertar que al
día siguiente, en la Villa Pública, se procedería a la
entrega de los prisioneros. Gayo Julio se apartó de la
crujía central y volvió a su oscura columnata,
reprimiendo a duras penas una sonrisa de satisfacción.
El vanidoso Pérdicas le había solucionado de un
plumazo su problema de conciencia y sus apuros
económicos. Ya no tenía por qué entregar a Néstor a
Eshmunazar. En cuanto escuchó la oferta, su mente
había calculado con la rapidez de un ábaco manejado
por Mercurio. Quince talentos de oro. Doce mil libras
de plata. Muchos, muchos miles de dracmas.
Si hubiese decidido quedarse con ellos, para no
aparecer ante los demás como un miserable habría
tenido que regalar una parte a sus soldados y ceder otra
al erario. En cuanto al resto del oro, ¿para qué habría
querido guardárselo sino para comprar con él dignidad
e influencia? Eso era lo que acababa de conseguir de
golpe renunciando a todo beneficio delante del Senado.
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