Page 576 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Los únicos que perdían eran los soldados, pero ya los
compensaría cuando llegara el momento.
Varios senadores, incluyendo algunos purpurados,
le palmearon la espalda al pasar y le felicitaron tanto
por su victoria sobre los macedonios como por su
magnánimo gesto. Cuando ocupó de nuevo su lugar,
Quinto Marcio, un joven senador, le dijo:
—Te habrá dolido soltar esa suma. ¿Cuánto es en
plata?
—Doce mil libras. —El senador silbó entre dientes,
y Gayo se apresuró a añadir—: Y no me ha dolido en
absoluto. Ahora que me niegue Papirio el mando de
una legión, si tiene pelotas —añadió en voz alta. Quinto
Marcio le miró, sorprendido, y Gayo Julio pensó que
tal vez debería haberse ahorrado el comentario.
Aunque, se disculpó a sí mismo, era comprensible que
un hombre de treinta años que acababa de recibir una
ovación de todo el Senado de Roma se permitiera un
instante de vanidad.
Las fasces de los lictores volvían a aporrear el suelo
pidiendo silencio.
—¡Padres y conscriptos! —dijo Papirio—. ¡Todos
habéis escuchado a los embajadores de Alejandro!
¡Como dictador de Roma, decreto que se abra la puerta
del templo de Jano para declarar formalmente la guerra
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