Page 580 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Pero, pasado un rato, a Ego le pudo más la maldad que
el instinto de conservación.
—Espero que Medea no sea tan llorona.
—¿Por qué dices eso? —preguntó Neo, apretando el
puño sobre las tabas.
—Tenías que haber oído cómo chillaba Argo
cuando lo clavaron al suelo. ¡Y cuando le mearon en la
tripa, qué aullidos! ¡Por Hécate, fue espantoso! —Neo
fingió cara de horror y añadió—: ¡No quiero volver a
ver algo así en mi vida!
Para un niño de nueve años, ver a otro de seis
utilizando a la vez el cinismo y el sarcasmo era algo a
la vez incomprensible y aterrador. Por debajo de la
sangrienta ironía de Ego, Neo sólo se quedó con su
confesión. Preso de ira, le tiró las tabas a la cara y se
abalanzó sobre él. Forcejearon unos instantes, pero Neo
era más grande y pesado y consiguió derribarlo.
Después le abrió los brazos y lo inmovilizó plantándole
las rodillas encima.
Neo jugaba a veces así con Cadmia y, aprovechando
que ella no podía mover los brazos, se dedicaba a darle
bofetadas más molestas que dolorosas. Pero ahora le
propinó un puñetazo en la mandíbula a Ego,
controlando sólo a medias su fuerza, y el niño rompió
a llorar. Sus lágrimas y su gesto de miedo espolearon a
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