Page 628 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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EL MITO DE ER
Aristóteles siempre le había tenido miedo a la
locura. En su familia materna se habían dado muchos
antecedentes. Su bisabuelo había acabado sus días
deambulando desnudo por las calles de Estagira,
provisto tan sólo de un bastón con el que la emprendía
a golpes contra cualquiera al que se le ocurriera mirarle
fijamente, y un día que se había quedado dormido en
un muladar las ratas le devoraron la cara, los brazos y
las piernas. A Jenocles, hermano mayor de su madre,
habían tenido que encadenarlo en una habitación
cuando tenía treinta años, ya que, preso de una extraña
rabia, quería morder a todo el que se le acercaba y le
había arrancado una oreja de cuajo a un esclavo.
Terminó sus días víctima de una infección provocada
por él mismo al roerse la pierna derecha, que no
reconocía como suya. Cleandra, tía de Aristóteles, se
había ahorcado de una higuera un año después sin dar
cuentas a nadie. Y la abuela, devastada por las
desgracias de sus hijos y por una naturaleza en la que
primaba la bilis negra, había decidido un buen día
encerrarse en su habitación y no volver a lavarse ni a
probar bocado. Por suerte, el hambre había ganado la
carrera a la suciedad y, cuando la anciana murió, la
pestilencia no había llegado a salir de su alcoba.
Según Platón, existían cuatro tipos de locura: la
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