Page 630 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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madre le mezcló el agua con una quinta parte de vino,
como siempre, aunque los manantiales del monte Atos
eran mucho más puros que los de la llanura y no había
por qué tomar esa precaución. Pero además le añadió
una cocción de hierbas que, según ella, le había
recomendado el difunto Nicómaco, pues eran
excelentes para atemperar los humores de la pubertad.
El caso fue que Aristóteles se quedó dormido nada más
cerrar los ojos y en el siguiente parpadeo descubrió que
ya era de día. Se levantó con una extraña pesadez en la
cabeza y sin recordar lo que había soñado. A la
segunda noche, cuando su madre le mezcló la misma
pócima con el vino, estuvo a punto de protestar, pero
una mirada severa de Festias le convenció de que era
mejor callarse. Tras levantarse con el mismo torpor al
día siguiente, decidió que no volvería a beber aquello,
y que además tenía que descubrir por qué su madre
tenía tanto interés en que durmiera como un leño.
Esa tercera noche se las ingenió para derramar el
líquido sin que su madre lo viera, y luego se retiró a su
alcoba fingiendo tener mucho sueño. Después, cuando
se suponía que ya debía haber caído en brazos de
Hipnos y Morfeo, oyó voces en el piso de abajo, talones
de pies descalzos percutiendo sobre las baldosas y, por
último, el rechinar de los goznes de la puerta que daba
a la calle.
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