Page 631 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Aristóteles se descolgó por la ventana, algo que a su

            edad no era ninguna proeza, y una vez en la calle vio


            una  procesión  de  antorchas  que  se  dirigía  hacia  el

            norte, en dirección al bosque. A la luz de la luna llena,

            siguió a las antorchas a cierta distancia. Poco después


            empezó a escuchar cánticos acompañados de flautas y

            crótalos, y sospechó que iba a presenciar algún ritual.


            Recordó  entonces  que  eran  las  fechas  en  que  se

            celebraban las fiestas en honor de Támiris, un bardo

            tracio que había hecho una arriesgada apuesta con las


            Musas:  si  las  vencía  en  un  certamen  poético,  se

            acostaría con las nueve, y si perdía, ellas le arrebatarían

            su talento.


                  Como  ocurría  siempre  en  tales  casos,  el  audaz


            mortal  fue  derrotado.  Pero  a  los  participantes  de  la

            fiesta, que se habían reunido alrededor de una hoguera


            encendida  en  un  claro,  no  parecía  importarles  que

            Támiris se hubiese visto frustrado en su deseo de yacer

            a  la  vez  con  las  nueve  Musas.  Aristóteles,  que  se


            encaramó a las ramas de un abeto, vio con ojos atónitos

            cómo su madre fornicaba con hombres y mujeres en


            todas las posturas y combinaciones posibles, mientras

            los celebrantes sacrificaban animales, se bañaban en su

            sangre aún humeante y se comían sus vísceras crudas,


            todo  ello  sin  dejar  de  copular  entre  gritos  y  cantos

            guturales.  Y,  aunque  a  Néstor  no  se  lo  confesaría,




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