Page 634 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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inspiración que en la lectura, pero Aristóteles pasaba

            horas allí dejándose la vista entre las apretadas líneas


            de los libros.


                  En  aquel  tiempo,  Platón  acababa  de  cumplir  los

            sesenta años, pero aún conservaba el cabello oscuro, el


            andar erguido y los anchos hombros que de joven lo

            habían hecho temible en la palestra. Era un hombre en

            su plenitud, lleno de energía, que había compuesto ya


            grandes  diálogos  como  Protágoras,  El  banquete  o

            Fedón. Cuando Aristóteles llegó, estaba escribiendo la

            más ambiciosa de sus obras, La república.


                  Era  una  época  de  convulsiones.  Epaminondas


            acababa de denotar en campo abierto a los espartanos,

            algo impensable hasta entonces, y Grecia no tenía un


            dueño claro. Tebas, Atenas y Esparta pugnaban por la

            hegemonía, y en los volátiles cambios de alianzas sólo

            conseguían debilitarse mutuamente; una situación de


            la que a la larga se aprovecharía Filipo.


                  Platón  se  sentía  inquieto  ante  tantas  mudanzas  y

            revoluciones.  Siempre  había  llevado  muy  mal  los


            cambios. Habría preferido vivir en un pasado que ni

            siquiera él había conocido, en una Edad de Oro que tal

            vez nunca existió, en que los nobles no lo eran sólo de


            linaje sino también de mente y de cuerpo, y nadie les

            disputaba el derecho a mandar. Anhelaba descubrir la

            fórmula  para  fundar  un  estado  que  fuese  eterno,



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