Page 672 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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movimientos que había practicado Euctemón cobraban
sentido. Los golpes que le lanzaba Cérdidas los
interceptaba con el borde del escudo, o retrocedía para
esquivarlos, pero no trababa su espada con él si podía
evitarlo. Cuando lanzaba un ataque, lo hacía a fondo y
sin temer las consecuencias. Viendo a su hermano,
Demetrio comprendió mejor cuál era su propio punto
flaco. Cuando él dirigía una estocada contra su rival,
algo le retenía el brazo y le robaba a su movimiento
medio palmo de distancia; una mezcla de renuencia a
golpear y herir de verdad, y temor a acercarse al arma
enemiga. Pero Euctemón no albergaba tales dudas; lo
más probable era que dentro de su extraño cerebro
viera una línea recta entre la punta de su espada y el
blanco elegido en el cuerpo de Cérdidas, y se limitaba
a trazarla de la forma más práctica y certera posible.
Además contaba con la ventaja de una espada más
larga y unos brazos desproporcionados para su cuerpo.
Cuando Cérdidas iba perdiendo tres a cero, ya
estaba acobardado y se mantenía a la defensiva.
Euctemón amagó con tirarle otro tajo a la rodilla, y
cuando su adversario bajó el escudo para bloquearlo,
cambió la trayectoria de su golpe y lo convirtió en una
estocada que alcanzó a Cérdidas en la nuez.
El tarentino retrocedió, volvió a tirar el escudo y se
apretó el cuello con la mano izquierda.
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