Page 677 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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LAS TINIEBLAS DEL TULIANUM


                  La procesión de luces abandonó la casa de Escipión

            y  atravesó  el  Foro.  Néstor  y  Clea  caminaban  en  el


            centro con las manos atadas a la espalda, pues no les

            habían  ahorrado  ni  siquiera  esa  humillación.  El


            dictador  no  debía  haber  quedado  satisfecho  con  la

            precaución de escoltarlos con veinte lictores, ya que a

            ambos  lados  de  éstos  desfilaban  sendas  hileras  de


            hombres equipados con lámparas y teas, cubriéndoles

            los  flancos  como  tropas  ligeras  en  una  columna  de

            marcha.  Eran  clientes  de  Papirio,  plebeyos  y  libertos


            vinculados  al  dictador  y  su  familia  por  lazos  y

            juramentos de lealtad.


                  La gran plaza y las calles aledañas estaban desiertas,

            salvo por un par de carros escoltados por sirvientes que


            se alejaban casi a la fuga con los últimos invitados que

            se habían marchado de la fiesta. Aunque cada vez se


            veían más carruajes en Roma, eran aún un lujo poco

            habitual  que  los  defensores  a  ultranza  de  la  mos

            maiorum veían con recelo. Pero si aquellos patricios los


            habían llevado a la cena en casa de Escipión era más

            por seguridad que por ostentación. En Roma no existía


            un equivalente a la fuerza pública de mil doscientos

            arqueros escitas que guardaban el orden en Atenas; de

            día, y más aún de noche, cada uno debía cuidar de su


            propia integridad recurriendo a sus esclavos o clientes,



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