Page 668 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Gorgo volvieron a acostarse unas cuantas veces. Antes
de hacerlo, tenían que concertar sus citas en rápidos
susurros para que Euctemón no sospechara. En su
tercer encuentro, mientras cuchicheaban en la cama
después de hacer el amor, Demetrio le había dicho a
Gorgo que creía que su hermano se había enamorado
de ella. O, al menos, algo parecido.
—¿Qué he hecho yo para merecer ese castigo? —
dijo Gorgo.
Él se rió por lo bajo, pero en su interior se sintió un
poco ruin. Siempre había defendido a Euctemón, y
dejar que ella se burlara de él constituía una especie de
traición. Pero se dejó llevar y, en la oscuridad de la
tienda, le confesó a Gorgo que estaba cansado de lidiar
con las rarezas y manías de su hermano, y que la
mayoría de las veces no obtenía ninguna compensación
por ello. Luego se acordó de que al otro lado de la
mampara de mimbre estaba el oficial paralítico y bajó
la voz.
—¿Él se da cuenta de que...?
Gorgo le tapó la boca.
—Chsss. A él le gusta que yo esté bien, y basta. Lo
único que tienes que hacer tú es conseguir que me
sienta bien.
Los Agriopaides, como las demás unidades del
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