Page 682 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—Adentro —les ordenó el jefe de lictores.


                  Pasaron  a  una  sala  cerrada  que,  pese  a  la  forma

            irregular  de  su  cúpula,  le  recordó  a  las  tumbas


            ciclópeas de Micenas. Olía a moho antiguo y a sudor

            reciente;  era  evidente  que  los  macedonios  habían


            estado  encadenados  a  los  grilletes  clavados  en  las

            paredes.  En  el  centro  se  abría  un  pozo  redondo  de

            aspecto siniestro. Los acercaron a empellones hasta el


            borde y, una vez allí, los registraron. A Clea le quitaron

            todas las joyas y el cíngulo de hilos de oro, e incluso

            una daga de plata que escondía atada a un muslo. El


            hombre que la cacheó se entretuvo más de la cuenta

            palpándole  las  piernas.  Mientras  Clea  levantaba  la

            barbilla  y  trataba  de  mirar  a  ninguna  parte  para


            mantener la dignidad, el tipo comentó:


                  —Quin  uesteʹspoliamus  amicaʹstam  et  iam

            defutamus?



                  Por suerte para ella, Clea no entendía el latín y así

            se ahorró saber que aquel tipo proponía desnudarla y

            violarla. El jefe de lictores le dio un pescozón al rufián


            y  le  dijo  que  aquella  carne  tan  tierna  no  estaba

            destinada  al  paladar  de  un  jabalí  sarnoso  como  él.

            Después,  él  mismo  registró  a  Néstor.  Tan  sólo  le


            encontró el papiro en el que había copiado el mito de

            Er y la clepsidra.


                  —¿Esto,  qué,  tuyo?  —le  preguntó  en  su  tosco


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