Page 681 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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macedonios  que  habían  viajado  con  ellos  desde  el

            monte  Circeo.  Néstor  los  examinó  con  ojo  clínico.


            Estaban sucios, llevaban las manos atadas a la espalda

            y parecían aturdidos, pero al menos les habían dado de

            comer, pues no se les veía demasiado demacrados. La


            escolta que había traído a Néstor y Clea se dividió; el

            jefe de lictores ordenó que llevaran a los soldados a la


            Villa  Pública  para  devolverlos  a  los  enviados

            macedonios. Néstor pensó que, si el dictador pretendía

            compensar al rey entregándole a aquellos prisioneros,


            era porque no estaba tan seguro de lo que acababa de

            hacer. Sin duda, Alejandro se alegraría de recibirlos de

            vuelta  y  les  daría  una  bienvenida  de  héroes,  pues


            siempre se había‐ preocupado por el destino de hasta

            el último de sus hombres. Pero eso no serviría para que

            perdonara a los romanos cuando supiera que a ellos


            dos  los  habían  enterrado  vivos.  Por  dos  absurdas

            muertes, cuántos inocentes pagarían.


                  Si  es  que  Alejandro  derrotaba  a  los  romanos,  se


            recordó Néstor. Si es que el mal que tenía en la cabeza

            le permitía pensar con lucidez. Si es que, condición de


            la  que  dudaba  aún  más,  los  propios  romanos  se

            dejaban  vencer.  Se  preguntó  qué  aspecto  ofrecerían

            todas aquellas legiones desplegadas disparando miles


            de venablos a la vez contra una interminable pared de

            sarisas. Ya no llegaría a saberlo.




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