Page 679 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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ayudarían a salvaguardar Roma en el presente y
hacerla grande en el futuro. Pero la suma que le pidió
por ambos era desmesurada, trescientas piezas de oro.
Tarquinio se rió de ella a carcajadas y le exigió que
bajara el precio. Por toda respuesta, la Sibila se acercó
a un brasero y, ante el asombro del monarca, prendió
fuego a tres libros. Después, imperturbable, le exigió de
nuevo el mismo precio por los seis que quedaban. Ante
la negativa del rey, Amaltea quemó tres libros más, y le
volvió a ofrecer los tres últimos por trescientos áureos.
La seguridad de la Sibila debió hacer mella en el rey, o
simplemente cayó en la debilidad tan humana de
valorar más aquello por lo que más precio se pide, y
accedió a pagar a la profetisa. Desde entonces los libros
se guardaban dentro de un arca de piedra en los
sótanos del templo de Júpiter, y puesto que la colección
de profecías había aumentado con el tiempo, los
primitivos duunviros que los custodiaban y
consultaban se habían convertido en diez.
Hasta ahí Néstor podía creer la historia, porque el
rey Tarquinio era etrusco y los etruscos tenían fama de
tacaños y de atesorar más oro que los romanos. Pero
que en esos libros compilados hacía tanto tiempo se
hablase precisamente de enterrar a un varón celta y una
mujer griega le resultaba más que sospechoso.
Cruzaron el Foro en silencio, haciendo resonar el
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