Page 684 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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observó que cerca del centro había un sumidero, pero
no tuvo tiempo de ver más, pues sobre sus cabezas
sonó el rechinar de una tapa metálica y de golpe se
vieron sumidos en la negrura más absoluta.
En cuanto llegaron a la Villa Pública, Pérdicas y
Crátero emprendieron los preparativos para salir de
Roma. Mientras recorrían las calles, habían deliberado
entre ellos y habían concluido que si, se quedaban para
hacer gestiones a favor del médico y la joven
siracusana, sólo conseguirían perder sus propias vidas
y las de los cincuenta Compañeros que los
acompañaban, y de paso dejarían en manos de los
romanos quince talentos de oro a cambio de nada.
Aunque el humor de Crátero era peor que sombrío,
procuraba disimularlo y no perder los modos al
impartir las órdenes. Pérdicas tenía que reconocérselo,
no era hombre que perdiera el temple en los momentos
de crisis. Cuando los lictores les devolvieron a los diez
soldados prisioneros, Crátero los recibió como si
fueran héroes, abrazándolos uno por uno, hizo que les
trajeran agua, vino y comida, y se encargó de
encontrarles caballos. La única forma era repartir entre
todos el oro que cargaban los caballos sin jinete, y aún
así seis de los hombres más ligeros tendrían que
compartir montura. Crátero ordenó sacar de los cofres
los lingotes, los dáricos y las estateras y los distribuyó,
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