Page 685 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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no sin antes anotar meticulosamente lo que llevaba
cada uno. Todos eran personas honorables, pero hasta
un necio sabe que el brillo del oro pone a prueba a los
hombres más íntegros.
Más allá, a un estadio de ellos, el campo de Marte se
veía salpicado de luces. Había cinco o seis legiones
acampadas en aquel lugar, pues el dictador había
decretado que los soldados reclutados ya no podían
dormir en sus casas. Observándolos durante el día, a
Pérdicas le había impresionado el orden con que
plantaban las tiendas. Ahora reinaba el silencio, salvo
por las llamadas entre los guardias que traía la brisa de
la noche. Las hogueras se habían apagado y sólo ardían
las luminarias en los cruces de las calles que
atravesaban en ángulos rectos aquella improvisada
ciudad de guerreros.
—¿Qué opinas de esta gente? —le preguntó a
Crátero, mientras éste supervisaba con los brazos en
jarras el reparto del oro.
—¿Los romanos? Duros, muy duros. Están hechos
de la misma fibra que los espartanos, pero son más
astutos.
—Para eso no hace falta mucho.
—He calculado cuántos hombres van a enviar a
Campania, entre los suyos y los aliados. Dependiendo
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