Page 701 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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cárcel. Néstor no tuvo tiempo de contarlos, pero debía
haber diez o doce. ¿Increíble? Si recordaba la fría y
metódica precisión con que el Rey del Bosque había
acabado con sus rivales bajo el roble de Diana, no le
resultaba tan inverosímil.
Mirmirdón se acercó al pretil de la escalera y metió
la mano en un rincón oscuro. De ahí sacó dos mantos
con capuchas que les pasó a Néstor y a Clea.
—Que no se os vea el pelo —les dijo, y añadió
dirigiéndose a Néstor—: Y tú, procura que no se te note
que eres tan alto.
¿Y qué hago, me corto las piernas?, pensó él. Pero
ignoraba hasta qué punto apreciaría el humor aquel
hombre o si se tomaría los comentarios de forma literal,
así que se limitó a ponerse la capucha sobre la cabeza y
agachar un poco el cuello. Mirmidón también le dio a
Clea unas sandalias.
—¿Y esto?
—Tenéis un amigo muy previsor. Póntelas, rápido.
La joven se quitó los zapatos de tacón de corcho que
se había puesto para la fiesta y se calzó las sandalias.
Después siguieron a Mirmidón. Éste les hizo subir por
la cuesta Argentaria, y Néstor pensó que se dirigirían
hacia la muralla norte, por debajo del Capitolio; pero el
Rey del Bosque se desvió hacia la derecha y les llevó
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