Page 703 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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tal manera que de día debían cerrar la luz del sol. Sus
pies chapoteaban en fétidos albañales, y hordas de
ratas huían chillando de las llamas de sus antorchas. De
vez en cuando llegaban a una plazoleta o un cruce más
ancho donde se levantaba algún humilde altar o un
pilar que representaba la efigie de algún dios de
madera o terracota. Por las rendijas de algunas puertas
o postigos se entreveían luces y se oían voces. A veces
cantos de borrachos, a veces discusiones.
En una de esas plazuelas se abrió una puerta y tres
hombres salieron tambaleándose, estribados unos en
otros. Al verlos les increparon con voces pastosas y le
dijeron a Clea un par de groserías, pero estaban tan
borrachos que fueron incapaces de seguirlos.
Tras recorrer durante un buen rato aquel dédalo de
callejones infectos en el que Pandemo se orientaba
como un nuevo Teseo, empezaron a bajar de nuevo.
Llegaron a una avenida más ancha que tenía el suelo
empedrado y roderas para los carros. Las casas se veían
más limpias y aunque olía a cieno, como en todas las
zonas bajas de la ciudad, antiguos pantanos, al menos
el hedor a inmundicias había desaparecido. Dejaron a
la derecha la mole oscura de un edificio que Néstor
recordaba del día en que llegaron a Roma. Era el Circo
Máximo, una larga estructura de madera de la que
ahora sólo estaban viendo el lado más corto. Después
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