Page 702 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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por detrás del edificio donde se reunía el Senado. Tras

            cruzar un par de callejones llegaron a otra empinada


            calle que Néstor reconoció enseguida. Era el Argileto,

            la cuesta que subía hacia la Subura y en la que vivía

            Gayo Julio. Subieron por allí con paso ligero. La puerta


            de la casa del tribuno estaba entreabierta. Por ella salió

            Pandemo, el liberto de Gayo, con una tea en la mano.


            Se  unió  a  ellos  sin  decir  nada  y  les  indicó  que  le

            siguieran.


                  La  noche  era  oscura.  Sin  luna,  Ícaro  volaba  en

            solitario hacia Pegaso, y su cabeza se veía más roja que


            nunca. Néstor no podía dejar de mirarlo y pensar en lo

            que  le  había  dicho  Aristóteles.  Ahora  que  había

            escapado  del  peligro  más  inminente  para  su  vida,


            recordaba  sus  palabras  sobre  la  órbita  espiral.  No

            dudaba              de        que          el       filósofo           tenía          razón,


            desgraciadamente, pero había algo allí que fallaba, algo

            que escarbaba en aquella zona tumefacta y encharcada

            de su mente donde se agazapaban sus recuerdos.



                  —¡Más rápido! —les exhortó Pandemo.


                  Habían abandonado el Argileto para desviarse de

            nuevo hacia la derecha. Pandemo les dijo que estaban

            en la Subura, el barrio de peor reputación de Roma. Las


            calles  eran  tan  estrechas  que  tenían  que  recorrer

            algunas  en  fila  de  a  uno,  y  sobre  sus  cabezas  los

            edificios desvencijados se vencían unos sobre otros de



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