Page 700 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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la rapidez de quien estaba acostumbrado a calcular las

            bajas  de  un  vistazo.  Olía  a  sangre  fresca  y  a  tripas


            abiertas,  y  el  silencio  de  aquellos  muertos  parecía

            innatural.  Todos  eran  lictores,  y  las  fasces  que

            simbolizaban  su  poder  yacían  inútiles  en  el  suelo.


            Néstor se acercó al jefe y, sin molestarse en darle media

            vuelta,  le  sacó  del  dedo  el  anillo  de  Compañero.


            Después se volvió hacia Clea y su inesperado salvador.

            El Rey del Bosque, que llevaba la espada envainada en

            un tahalí cruzado sobre el hombro, recogió la antorcha


            y les indicó que fueran hacia la salida.


                  —¿Le conoces? —susurró Clea, agarrando el brazo

            de Néstor con dedos trémulos. Él se dio cuenta de que

            también estaba temblando. Empezaba a darse cuenta


            de lo que había estado a punto de hacer, pero no era

            momento de pensarlo. Tique, el Azar, había decidido


            burlarse  de  ellos  hasta  el  último  segundo  antes  de

            sonreírles,  pero  por  el  momento  no  se  lo  iba  a

            reprochar.



                  —Se llama Mirmidón. Ya te contaré.


                  —¿Confías en él?


                  —¿Nos queda otro remedio?


                  En el exterior había más cadáveres esparcidos por

            los peldaños de las Gemonias, clientes del dictador que


            debían  haberse  quedado  custodiando  el  acceso  a  la




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