Page 699 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 699
Clea. La luz que entró por la abertura no podía ser muy
intensa, pero a él le parecieron los haces de sol que se
cuelan por una ranura entre las nubes tras una
tormenta. El lazo corredizo apareció ante ellos,
bailando burlón. Una voz les chistó desde arriba.
—¡Rápido! ¡Subid!
Había hablado en griego de verdad, y no en la
versión de picapedrero que usaba el jefe de lictores.
Néstor ayudó a Clea a levantarse, pero antes de
arriesgarse a salir, asomó la cabeza por la abertura.
Desde arriba le observaba un hombre que sostenía en
su mano derecha el dogal. Reconoció la frente amplia y
las trenzas que caían sobre los hombros. Era Mirmidón,
el Rey del Bosque.
No se le ocurrió preguntarse qué hacía aquel
hombre allí, tan lejos del templo que custodiaba.
Rápidamente, pasó el lazo bajo las axilas de Clea y la
ayudó a salir levantándola por la cintura. Después sacó
los brazos por la abertura con la intención de subirse a
pulso. Mirmidón le agarró por las muñecas y le izó con
una fuerza insospechada en alguien de su tamaño.
El suelo que separaba ambas celdas era grueso, pero
aún así a Néstor le extrañaba no haber oído nada. En el
suelo de la celda, a la luz de una antorcha encajada en
un grillete a modo de aplique, se veían cuerpos caídos
en todas las posturas posibles. Ocho, contó Néstor, con
699

