Page 698 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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aplicar un dogal de seda a ese cuello que él mismo
había besado, y ver cómo aquellos ojos verdes se salían
de las órbitas y la lengua quedaba colgando de la boca
como una masa hinchada y negruzca.
Ella se giró un poco para abrazarse a su cintura y
apoyarle la cabeza en el hombro. Estaba llorando en
silencio.
—¿Cuánto faltará para que amanezca? —preguntó
Clea.
—No lo sé. —Era imposible utilizar la clepsidra a
oscuras—. Dos o tres horas.
—Quiero que lo hagas ahora. No esperes más, por
favor.
Néstor cerró los párpados. No había ninguna
diferencia: la constelación de diminutos fosfenos que
bailaban ante sus ojos era la misma. Mejor seria que lo
hiciera con ellos abiertos. Tratando de no incomodar a
Clea, se llevó la mano derecha a la hebilla del cinturón.
Tendría que apretarlo con decisión para no provocarle
más sufrimiento del imprescindible.
—Está frío —dijo ella cuando le apoyó el cuero del
cinto en la garganta y le rodeó el cuello.
La tapa de metal del techo rechinó. ¿Tan pronto?,
pensó Néstor. Como un criminal sorprendido en plena
acción, se apresuró a apartar el cinturón del cuello de
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